Esta es mi historia. O quizás mejor dicho un resumen de
ella. Todo el mundo me ve sonreír pero ellos no saben lo que se esconde tras
esa sonrisa. Las penurias, lágrimas y tristezas que habían poblado mis días. Mi
vida no empezó bien, para qué mentir… Mi madre estuvo a punto de irse en mi
nacimiento, los médicos daban todo por perdido, y decidieron primero luchar por
mi vida que por la suya. De repente todo cambió. Las lágrimas se convirtieron
en sonrisas, la esperanza, la fe, la ilusión, la alegría invadieron el corazón
de toda mi familia, porque sí, se salvó.
A los pocos meses, mi abuelo materno sufrió un derrame
cerebral repetidas veces, lo que condujo a una parálisis del lado izquierdo del
cuerpo, a una incapacidad para andar y a una imposibilidad de hablar. Nunca he
podido escuchar su voz, o al menos no la recuerdo. A pesar de que mi madre y mi
tía apenas lo conocían, lo cuidaron, mimaron, y querieron porque era su padre
aunque el no hubiera estado ahí para ellas cuando se le necesitaba. Mi abuela
fue diagnosticada de cáncer hace 2 años y medio. El día que la operaron no se
me borrará de la memoria. Estaba en clase, mirando el reloj, y pensaba: “Ahora
se está despidiendo”, “ahora acaba de salir del quirófano”. Un día
interminable. Pero todo fue bien, o al menos eso era por aquel entonces. Tras
meses y meses de quimioterapia, estaba curada. Aunque un tiempo después, volvió
a recaer y eran múltiples los tumores que aparecían en diferentes lugares de su
cuerpo. En un principio, a mi no me querían decir que le pasaba realmente a mi
abuela, lo tuve que averiguar, y no sería menos en está ocasión. Se me cayó el
mundo encima cuándo me enteré de que era terminal, que empezaba la cuenta atrás
para dejar de ver su sonrisa cada día. Nunca lloré delante de nadie, muy pocos
sabían por lo que estaba pasando, quizá
hubiera necesitado más apoyo en todo ese tiempo, pero no era algo relevante
para mí en aquel entonces. Era ver su sonrisa, y su mirada perdida y que sólo
existiera ella, y me daban ganas de abrazarla y decirle: “Abuela, estaré aquí
contigo siempre”. Estuve con ella hasta el último de sus días, ella siempre
quiso que saliera en la televisión cantando y me hiciera famosa, en vez de
hacer gimnasia rítmica. Era, o es, una mujer muy fuerte, cuidó de sus cinco
hijos ella sola, tenía temperamento de hombre, y estaba tan irreconocible, tan
diferente a como era…
A pesar de todo aquello que me pasaba, siempre iba a clase
con una sonrisa, con ganas de aprender, de hacer sonreír a mis amigos. He de
decir, que en el colegio sufrí cierto tipo de acoso por parte de mis
compañeros, y nunca nadie lo supo. Se dedicaban a insultarme todos los días, a
gastarme bromas, a usarme como un muñeco de feria, y nadie me defendía, estaba
sola. Pero seguí. Mis padres siguen sin saberlo, prefiero ahorrarle ese
sufrimiento innecesario. No le tengo rencor a esos chicos, pero quizás no sabían
que aunque probablemente eso para ellos eran bromas, a mi me cambiaría
radicalmente. Mi forma de ser, está condicionada inevitablemente por aquellos
horribles episodios. Cuándo ya era más mayor, y mi abuela estaba enferma, yo
seguía haciendo sonreír a mis amigas, aunque alguna que otra vez me llevara una
reprimenda, causa del agobio que producía segundo de bachiller. Nunca le levanté
la voz a esa chica, me callaba y ya. Y seguía estando ahí haciéndola sonreír a
pesar de que yo, seguramente estaría peor que ella. Sé que no soy perfecta, al
igual que nadie lo es, soy una muñeca defectuosa como todo el mundo, pero
intento hacer todo lo que esté en mi mano por la gente que quiero.
Siempre he sido una chica pesimista, negativa, especialmente
aquellos años. No había semana en la que no estuviera mal, en la que no
derramara lágrimas en mi almohada. Tenía mucho malestar interior, eran muchas
cosas para mí. Maduré a base de golpes y caídas. Muchas veces no me sentía
querida, creía que toda mi intención de hacer feliz a la gente que me
importaba, era en vano. Esto era 2011 para mí. Un año que acababa como otro
cualquier, con lágrimas en los ojos, angustia en mi pecho, un vació inmenso en
mi corazón, y millones de sentimientos y rabia contenida.
Empezó este año. El mejor y el peor de mi vida a su vez. Perdí
a mis dos abuelos maternos en dos meses y medio. Es imposible de explicar aquel
sufrimiento que tenía, no sabía como era perder a un ser querido hasta aquel
entonces, en que la vida se llevó a dos de las personas mas importantes de mi
vida. En el tanatorio si lloré, como la que más. Especialmente el 19 de Mayo,
que ya no sabía si lloraba por ella o por otra cosa. Ese día, mi padre me partió
el corazón. El se llevaba con mi abuela como el perro y el gato, siempre picándose
el uno al otro. Llegó un momento en el que me detuve enfrente de el, no había
llorado, había estado con mi madre en todo momento. Y le dí un abrazo, se que
lo necesitaba. Me susurró: “Yo la quería mucho” mientras lloraba. Hice de
tripas corazón, no lloré, ni me derrumbé, le dije: “Ya lo sé, yo también”.
Estaba siendo el peor año de mi vida indudablemente. Aunque
yo estaba cambiando ya no era tan pesimista ni negativa como el año anterior,
gracias a un amigo que siempre me escuchaba y que a pesar de estar lejos sabía
como hacer que sintiera que estaba conmigo. El me ayudó, pero no fue la persona
que dio un giro de 180 grados a mi vida.Ahí cambió todo. Ese chico me quería y quizás yo no lo supe
valorar en un principio, no me quería hacer a la idea quizás, pero supo como
ganarse cada centímetro de mi corazón. Estuvo conmigo en todo momento, muchas
noches hablando hasta la madrugada aunque tenía clase. Muchas sonrisas y
palabras. Millones de sentimientos que iban apareciendo. Al principio dudaba,
pero me dí cuenta que le necesitaba como al respirar. Que si no hablaba con él
sentía que me faltaba algo, que era capaz de sacarme nuevas sonrisas, y de
alegrar mi vida. Fueron todos esos momentos tímidos del principio, esas risas
tontas que teníamos y que aun conservo, ese abrazo de un siete de julio. Millones
de cosas en poco tiempo. Y quizá él no llegue a entender que no miento cuándo digo
que es uno de mis sueños, que ha dado luz a todos mis días, que lo cambió todo,
que es súper importante para mí, que se me sigue acelerando el corazón cuándo
le veo, y que me falta algo si no le tengo. Que no lo quiero, que lo amo, que
no es un simple chico, que es ese chico que supo como hacerme feliz, hacerme
soñar, sentirme una niña, y que lo sigue haciendo. Que esto es mucho más grande
de lo que puedas estar imaginándote ahora. Cree todo lo que te digo, porque
sale de lo más profundo de mi corazón, y que mientras lo escribo lloro, y no de
tristeza. Que por cada lágrima derramada en años anteriores me ha sacado miles
de sonrisas. Que soy una afortunada al tenerte, que no creo que hubiera mejor
persona que tú para enseñarme a amar. Que me gusta nuestra historia, con buenos
y malos momentos, me gusta el brillo de tus ojos al mirarme, me gusta tu
sonrisa, tus abrazos, tus formas de picarme, que me gusta todo de ti, y podría
seguir diciendo más. Date cuenta de que esto es la pura verdad, que lo
cambiaste todo y que estoy siendo completamente sincera sin exagerar. Te quiero
mucho más de lo que te puedas llegar a imaginar algún día.

Nuria, me has hecho llorar... Gracias por seguir mi blog porque así he descubierto el tuyo. Me siento identificada contigo en algunas cosas. Espero que escribas más a menudo y que me pueda seguir apoyando en tus palabras. Un beso y mucho ánimo.
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